(Jorge Gómez Barata).- Descontando el trauma de la conquista; de la independencia a la Revolución Cubana, América Latina acumuló una impresionante colección de frustraciones. Ninguna de sus naciones, algunas grandes y ricas, progresó lo suficiente para cruzar el umbral del desarrollo y ni siquiera la democracia liberal funcionó establemente en ellas.

No se trata de que faltaran talento y disposición para el trabajo, espíritu de sacrifico ni consagración al deber; abundaron los líderes y siempre hubo razones y paradigmas pero, jamás se juntaron todos los factores necesarios para impulsar y equilibrar un esquema de progreso, desarrollo y gobernabilidad aceptable. El fracasó de la evolución hizo necesarias las revoluciones.

Las revoluciones nunca son exclusivamente nacionales ni locales y sin excepción, de una u otra manera, todas necesitan del respaldo y la solidaridad que los revolucionarios no escatiman. Como es usual en los deportes de equipo, en los momentos decisivos, el conjunto apoya al jugador más adelantado, habilitando al mejor ubicado. En América Latina hoy esa posición la ocupan Venezuela y Chávez.

La Revolución Bolivariana síntesis de un inédito fenómeno geopolítico, constituido por la única Nación que despliega una revolución sin apremios económicos y que suma a la capacidad de convocatoria de su proceso la disposición para desplegar con audacia y generosidad proyectos integracionistas y de colaboración, es ahora el fiel de la balanza, las coordenadas por donde pasan las mejores oportunidades, no sólo para Venezuela, sino para Sudamérica, América Latina y parte del Tercer Mundo.

En los anales de las luchas sociales y revolucionarias abundan los momentos en los que una vanguardia ha sacrificado, aplazado o depuesto objetivos nacionales, aspiraciones locales, incurridos en riegos o adquirido compromisos en aras de apoyar a otros, favorecer a un aliado o beneficiar al movimiento en su conjunto. De esos hechos los más cercanos y conocidos son los que involucran a la revolución cubana.

Cuando se trata de procesos políticos de largo aliento, como los que ahora tienen lugar en Sudamérica, esa coherencia no requiere de peticiones o acuerdos puntuales, sino que se forma con la naturalidad de lo obvio, como si dijéramos, de oficio.

Eso explica que enfoques y diferencias aparte, personalidades como Fidel Castro, Lula, Kirchner, Evo, Tabaré y otros líderes políticos a los que se suman intelectuales, académicos, hombres de ciencia, artistas y luchadores sociales, respalden decisivamente e incluso se sumen a los proyectos integracionistas, las posiciones políticas, las acciones puntuales y las esencias de la Revolución Bolivariana.

Las circunstancias políticas de la región, formada no sólo por las realizaciones y los avances, sino también por los desafíos y los riesgos y no sólo motivos sentimentales y humanitarios, explican el unánime y decidido apoyo que recibió la gestión humanitaria asociada con las personas retenidas en Colombia.

Para los gobiernos avanzados de la región fue obvio que determinadas circunstancias, entre ellas la petición de los familiares, colocaron al presidente Chávez ante una tarea de enorme complejidad y riesgos de seguridad, pero que significaba una posibilidad para avanzar en el empeño por desactivar un problema que por su naturaleza militar y sus implicaciones externas, obstaculiza los procesos políticos y la integración en la región y posee potencial para afectar la seguridad y la estabilidad en una región envuelta en una coyuntura a la vez que histórica, sumamente delicada y peligrosa.

El eterno conflicto armado en Colombia, estancado en unas tablas virtuales y que hace tiempo trascendió los límites de un contencioso civil de escala local que, con el involucramiento directo y masivo de los Estados Unidos que provee apoyo económico, logístico, de inteligencia y operativo, se ha transformado en un elemento que afecta la seguridad de toda la región, en especial a los procesos políticos más avanzados.

El hecho de que se libren operaciones militares en las inmediaciones de la extensa frontera entre Venezuela y Colombia y haya presencia norteamericana en la zona, crea premisas y riesgos para provocaciones del imperialismo, incluso al margen del gobierno colombiano.

Las constantes apelaciones de Chávez a la paz, no obedecen sólo a los deseos universales de convivencia que todos los hombres de buena voluntad comparten, sino que es un llamado urgente y que requiere de una respuesta política madura. Es obvio que Chávez no está apelando a la buena fe del imperio ni a la oligarquía colombiana, sino a los revolucionarios y patriotas colombianos. Ojalá sea escuchado.