(Bolpress).- En opinión de destacados académicos y centenares de movimientos sociales alrededor del mundo, el empresariado exportador y sus organismos corporativos cometen el error de promocionar las bondades de un ficticio libre comercio de manera irreflexiva y reduccionista. Por ejemplo, el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), no deja de propagandizar las bondades de un TLC con Estados Unidos con el único argumento de que las ventas al norte generan alrededor de 80 mil empleos anuales. Sin embargo, en ninguno de sus alegatos menciona que el acuerdo en cuestión crea un nuevo marco institucional que restringe severamente la capacidad del Estado para desarrollar políticas activas de fomento a la producción nacional y que profundiza el predominio de las instituciones del mercado –bajo control del poder económico transnacional y sus aliados locales– respecto a las instituciones del Estado.
En criterio del IBCE, el TLC con Estados Unidos es suficientemente válido para el país porque ofrece un mercado (385 millones de dólares) que es el principal destino para las manufacturas del país con alto valor agregado, (400 productos vendidos en la gestión 2005).
Según el presidente del IBCE Hans Hartmann Rivera, Bolivia debe seguir el “buen ejemplo” de la docena de países en el Continente que ya negociaron o pretenden iniciar negociaciones de TLCs con EE.UU., entre ellos el gobierno de Tabaré Vásquez, en Uruguay, que acaba de anunciar su decisión –contra viento y marea en el MERCOSUR- de “avanzar en solitario” en la negociación de un TLC a partir de octubre. Hartman recuerda que Venezuela vendió cerca de 40 mil millones de dólares el año pasado al norte, pese a sus ácidas críticas a la Administración Bush, mientras que Vietnam, una nación que mantuvo una cruenta guerra con la potencia, hoy en día es su principal cliente; sin dejar de mencionar que un país comunista como la China Popular realiza pingües negocios en el mercado “más apetecido del planeta no solo por su colosal tradición importadora (1,7 billones de dólares), sino por su transparencia y previsibilidad, dada su condición de primera potencia mundial”.
Anclado en el pensamiento único de los 90, Rivera del IBCE aún confía en que una “agresiva política de exportaciones” serviría para combatir la pobreza e impedir que cientos de compatriotas sigan saliendo cada día al exterior. “Debemos ser capaces de tomar decisiones valientes, yendo más allá de los divorcios ideológicos que existen, como otros de manera inteligente lo vienen haciendo”, dice este funcionario sin evaluar los resultados reales (no ideológicos) de esa política en México luego de más de una década de “libre comercio”.
Como siembre se hace, Hartmann recurre a la intimidación para presionar por un TLC con Estados Unidos. Los beneficios de la Ley de Promoción Comercial Andina y de Erradicación de Droga (ATPDEA) y del Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) fenecerán este año, advierte este funcionario, para luego concluir que Bolivia necesita iniciar de inmediato una negociación para llegar a un acuerdo comercial “con el mercado consumidor más grande del mundo, siendo que éste es el principal socio comercial para la colocación de manufacturas bolivianas, dando trabajo a miles de ciudadanos”.
Hartmann reconoce que todo acuerdo comercial –independientemente del país con el que se negocie, sea con Sudáfrica, la India, China, etc.- siempre conlleva oportunidades y desafíos –costos y beneficios, ya sea de corto, mediano o largo plazo-, dependiendo de qué y cómo se negocie. Pero la gran pregunta para Hartman es: ¿Realmente puede Bolivia definir qué y cómo se negocia?
Razones para oponerse al “libre comercio”
Los tratados de libre comercio (TLCs) que plantea Estados Unidos, y a los que han adherido muchos países de la región, tienen un formato genérico que expresamente deja fuera del debate los subsidios a su producción agrícola. Las disposiciones de estos tratados son: a) sobre el comercio de bienes (tratamiento nacional, acceso a los mercados, reglas de origen, procedimientos aduaneros, medidas de salvaguardia); b) comercio de servicios e inversión (telecomunicaciones, servicios financieros, ingreso temporal de personas de negocios, transporte aéreo, servicios profesionales); c) disciplinas comerciales (política de competencia, subsidios, antidumping, normas técnicas); d) medidas sanitarias y fitosanitarias; e) temas laborales y ambientales; f) compras del sector público; g) propiedad intelectual; h) transparencia; e, i) solución de controversias.
Se trata de un formato único e inmodificable, como se ha visto en las recientes negociaciones con Perú, Colombia, Chile y los países Centroamericanos. Hartman reclama alejar del debate las posiciones ideológicas, pero incurre en la consigna propagandística al sugerir que los acuerdos comerciales pueden efectivamente negociarse y acomodarse a las necesidades de los países.
El funcionario del IBCE convoca a seguir el “buen ejemplo” del gobierno uruguayo, pero la sociedad uruguaya, especialmente los académicos, no quieren ni escuchar del acuerdo con Norteamérica. Hace poco la Red de Economistas de Izquierda del Uruguay (REDIU) declaró que el TLC con Estados Unidos no es conveniente para las necesidades e intereses del Uruguay. “Razones políticas y económicas nos hacen reaccionar contra la posibilidad de firmar un tratado de este tipo considerando, en particular, las graves consecuencias económicas y sociales de tres décadas de políticas neoliberales, las que se profundizan a través de los TLC, así como la experiencia empírica de los países que han firmado dichos acuerdos”, argumentan estos estudiosos.
El análisis que hace el REDIU demuestra que la oposición al TLC no nace de una postura “ideológica”, como afirma Hartman, sino del sentido común.
1. Lo que está en juego es el desarrollo nacional; nuestros valores y principios; nuestra soberanía para cumplir con los compromisos que asumimos con el pueblo.
2. Ningún país en la historia del capitalismo se desarrolló a partir de la apertura de su comercio exterior y, menos, frente a la potencia dominante en su momento.
3. El comercio no es la variable importante para el desarrollo, ni siquiera un indicador válido para entenderlo; al contrario, el desarrollo interno establece los requisitos para las funciones que debe cumplir el comercio internacional.
4. En lo internacional, no somos partidarios de alentar el “libre” comercio sino la Integración Económica Latinoamericana, la que soñaron nuestros próceres y que no puede tomar otra forma que no sea la de hermanar pueblos solidarios a través de la complementación productiva y del respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos.
5. “Libre comercio”: ¿alguna vez existió? Más correcto sería, en todo caso, hablar de comercio o competencia administrada, que nada tienen de “libre”.
6. La defensa de la ética, de los principios, es fundamental en todos los órdenes de la vida incluido, naturalmente, el comercio. El aumento del comercio no es un tema aséptico de “conveniencia” lisa y llana. Incluso los países avanzados tienen ejemplos: unos rechazan el comercio de productos fabricados con mano de obra infantil; otros premian artículos provenientes de bosques tropicales con manejo sustentable o, en su momento, restringieron el comercio para oponerse al apartheid. No olvidemos el apoyo venezolano a su comercio de petróleo con Uruguay.
7. Estos acuerdos de “libre” comercio, impulsados de forma bi o multilateral, tuvieron como objetivo fundamental apropiarse de riquezas, y profundizaron en todo sentido la brecha entre países ricos y empobrecidos.
8. Las experiencias referenciadas como exitosas suelen ser las de Chile y México. Ambos países aumentaron fuertemente su comercio exterior. No obstante, como sabíamos al menos desde 1949 (Manifiesto Latinoamericano de Raúl Prebisch), más comercio no es igual a crecimiento del producto, a diversificación sectorial o integración social y, mucho menos, a desarrollo económico.
9. Chile diversificó su oferta exportadora de productos primarios de bajo componente tecnológico y su inserción internacional no presenta demasiadas expectativas de competitividad internacional futura (dado al enlentecimiento de la demanda mundial de estos productos y, más allá de cambios coyunturales, la histórica tendencia a la caída de sus precios). Este país tuvo avances en la disminución de la pobreza y retrocesos importantes en la distribución del ingreso.
10. México se convirtió en el octavo exportador del mundo y sus exportaciones igualan las del conjunto de la región latinoamericana. No obstante, el crecimiento económico ha sido menor que en las épocas anteriores al TLCAN y con gran dependencia comercial de un solo destino (89% hacia EEUU). La oferta exportadora es de productos considerados dinámicos para la competitividad internacional (componentes de medio y alto nivel tecnológico cuya elasticidad producto de la demanda es mayor) pero cuyo proceso productivo tiene un componente importado altísimo (cercano al 90%). Es lo que se conoce como maquila (industria de ensamble). Creció la pobreza y también la diferenciación social; generó resultados deficitarios en balanza de pagos, y en sectores sensibles y relevantes para la integración social y la autonomía alimenticia del país; léase: maíz, leche, fríjol, etc.
11. Esta no es la integración que deseamos para nuestro país que, en la hipótesis más optimista, beneficiaría a un reducido sector exportador, con casi nulo efecto multiplicador en el conjunto de la economía. A valor presente, ceteris paribus, el producto beneficiado por excelencia en la competitividad externa con EEUU sería la carne, también de muy bajo componente tecnológico, con casi nula carga impositiva, de disminuido impacto en el empleo y muy bajos salarios, y con límites de oferta.
12. En contrapartida, nuestra pequeña y abierta economía quedaría expuesta en los sectores de mayor valor agregado (decisivos para el desarrollo), y más dependiente de la visión particular del derecho internacional que tiene la mayor potencia mundial.
13. Si bien en el MERCOSUR los conflictos se han agudizado y se mantienen las asimetrías, nadie en su sano juicio pensaría que las asimetrías con el país del norte podrían ser menos perjudiciales, o que los conflictos serán más fáciles de resolver. No podemos ignorar la inescrupulosa utilización del poderío militar que realiza Estados Unidos violando los acuerdos de Naciones Unidas. ¿Por qué va a respetar los acuerdos comerciales con Uruguay? También sabemos de la limitada importancia que podría representar este país para los intereses económicos de EEUU; de allí que su propuesta de TLC tiene un claro objetivo ideológico y de estrategia en la región.
14. La REDIU no cree correcto realizar actos de fe que pongan en riesgo los avances de muchos años de lucha del movimiento popular y los progresos solidarios que parecen divisarse en la región. El apoyo a un TLC con los EEUU, cualquiera sea su nombre o avances en las exenciones que pudieran lograr nuestros negociadores para defender los productos “más sensibles” o mejorar condiciones de acceso a mercados, precios o rebajas arancelarias, no sería más que un acto ideológico. Acto ideológico en la acepción más vulgar de la palabra, como falsa conciencia, ya que implicaría ignorar decenas de años de prácticas económicas y políticas subyugantes; e incluso, las más recientes con los formatos TLCs ofrecidos.
El TLC, concluye REDIU, resulta incompatible con los objetivos de un Uruguay productivo, integrado, inteligente y con equidad.
El IBCE lleva a cabo cuatro foros para analizar qué tipo de acuerdos comerciales le convienen a Bolivia: en Santa Cruz, el 29 de agosto (Torres CAINCO); en Cochabamba, el 30 de agosto (CENTRO LOGÍSTICO Y DE COMERCIO EXTERIOR); en La Paz, el 31 de agosto, por la mañana (HOTEL PLAZA) y en El Alto, el 31 de agosto, por la tarde (HOTEL ALEXANDER). Será una buena oportunidad para polemizar con los abogados del libre comercio.