Elmar Altvater (Sin Permiso).- El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quiere promover la integración de América Latina con inversiones estructurales, sobre todo con la construcción de oleoductos. No hay nada de extraordinario en eso; también en otras regiones del planeta se construyen nuevas vías de petróleo y de gas como arterias de los circuitos económicos regionales: basta pensar en el Asia central, a la que a veces se llama ya Oleoductistán. ¿Ocurrirá en el futuro lo propio en América Latina? ¿Podrán compararse, en sus consecuencias, las herrumbrosas oleovenas con las „venas abiertas de América Latina” de que habló el escritor uruguayo Eduardo Galeano en relación con la historia colonial del Subcontinente?

El sistema de oleoductos planeado por Petrocaribe y Petrosur no va a terminar en puertos marinos para ser cargado en tanques el petróleo que ha de suministrarse a los países industrializados, sino que su destino será una alianza regional de la propia América Latina. El aumento del precio del petróleo permite financiar proyectos capaces de promover el „bienestar de la naciones implicadas“, precisamente en la medida en que se apartan del principio del libre comercio, supuesto incentivador del bienestar. Venezuela cambia ya petróleo por asistencia educativa y sanitaria cubana, o se hace cargo de la deuda estatal argentina a cambio de transferencias tecnológicas. Bolivia nacionaliza las reservas de gas y petróleo, substrayéndolas al „libre mercado“ dominado por las grandes transnacionales petroleras, a fin de que los rendimientos „vayan a para al pueblo“.


El coro del libre comercio A fin de cuentas, las experiencias de América Latina con el libre mercado no son precisamente óptimas. Hace 20 años –de acuerdo con lo dicho por Hugo Chávez a fines de 2005, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata— había en América Latina 50 millones de pobres; 20 años después, 100 millones. A pesar –o más bien a causa— de la estrategia neoliberal del libre comercio. El mexicano Vicente Fox, notorio antagonista de Chávez, habría podido añadir que durante esos años no pocos latinoamericanos se han hecho ricos, como ocurre doquiera que los mercados libres agudizan la polarización social.

Cuando a fines del XVIII y comienzos del XIX Adam Smith y David Ricardo entonaban baritonalmente la canción del libre comercio, lo hacían desde Inglaterra, la economía más competitiva y el poder imperial dominante de la época. Inglaterra no podía sino ganar con la apertura de mercados y el libre comercio. Allí donde los mercados se resistían a abrirse, como en la lejana China, se los forzó a la apertura con las guerras del opio en beneficio de los comerciantes británicos de opiáceos.

De aquí, como es natural, no podía venir desarrollo alguno. Pues como dijo el economista alemán [de la primera mitad del siglo XIX] Friedrich List, „las causas de la riqueza son cosa muy distinta de la riqueza misma... El poder de crear riqueza es ... infinitamente más importante que la riqueza misma“. Las „condiciones básicas“ de ese poder serían „las mejoras en el transporte interior, un transporte fluvial mejorado, canales, vías rodadas mejores, navegación con barcos de vapor y ferrocarriles”. También Goethe vio en una infraestructura común y en una mejora de las comunicaciones la clave de la unificación económica y política. En conversación con Eckermann, dejó dicho el 23 de octubre de 1828: „No tengo miedo de que Alemania no acabe unificándose; nuestras carreteras y los ferrocarriles venideros contribuirán lo suyo.”

El conflicto entre el principio de desarrollar las fuerzas productivas y promover los derechos sociales, de un lado, y, del otro, la voluntad acordar prioridad al libre comercio de acuerdo con la doctrina de las ventajas comparativas, ha dejado su huella en todas las estrategias políticas hasta el día de hoy. Incluso los EEUU –hoy, la primera voz en el coro del libre comercio— se defendieron en los albores del siglo XIX de la apertura de mercados a favor de los británicos y de otras naciones europeas. La célebre doctrina del presidente James Monroe declaraba en 1832 al entero bicontinente americano esfera de influencia de los EEUU, y por lo mismo, „fuera de los límites“ de las potencias coloniales europeas. Eso facilitó la resistencia de los movimientos independentistas latinoamericanos de entonces a los imperios europeos y (a diferencia de África) contribuyó a que ya en el primer cuarto del siglo XIX se formaran Estados nacionales formalmente soberanos.

Con la emancipación de la “Gran Colombia” del yugo de la dominación española, el “Libertador” Simón Bolívar (1783-1830) pretendía también independencia respecto de los EEUU. Pero los latinoamericanos estaban pugnazmente divididos, y los EEUU eran demasiado poderosos en todos los respectos como para que pudiera evitarse la degradación de la zona, que pasó a ser el “patio trasero” de los yankis. Con todo, el intento de Bolívar de afirmarse como alternativa a los „gringos”  ha conservado hasta hoy su poder de fascinación, como lo atestigua el nombre que Hugo Chávez y Fidel Castro han dado a su Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).

 

De la ISI a la IOEEl ALBA, como estrategia de desarrollo, ha tenido en América Latina varios precursores. En los años 30, como respuesta a la crisis de la economía mundial, aparece una política de industrialización por substitución de importaciones (ISI). Se ha perdido confianza en las ventajas comparativas en términos de costes a traves del libre comercio; surgen ahora planes de desarrollo fomentados por los Estados nacionales como alternativa mucho más prometedora: en el Brasil del presidente Getulio Vargas, lo mismo que en el México de Lázaro Cárdenas, y luego también en la Argentina de Juan Perón. La industrialización mediante substitución de importaciones es también en esa medida un proyecto político de caudillos populistas.

Rompe entonces la crisis de endeudamiento de los años 80: todos los Estados latinoamericanos se ven obligados a conseguir divisas, a fin de subvenir a obligaciones terribles, una situación que se hace más y más difícil con el shock de los precios del petróleo, las subidas de tipos de interés en los EEUU, el desplome de los precios de las materias primas y la paridad de competitividad internacional. Los excedentes de exportación sólo son posibles si se abren los mercados. Las instituciones financieras internacionales lo ponen como condición para otorgar nuevos créditos. Y así, a la ISI seguirá la IOE, la industrialización orientada a la exportación: los países de América Latina se orientan al mercado mundial.

Al principio, la apertura de mercados parece tener éxito, pero pronto se ve que el Subcontinente queda cada vez más a la zaga de los esforzados países del Este asiático. Entre 1980 y 2005 la participación latinoamericana en los mercados de exportación globales permanece prácticamente invariable en torno de un 5,5%, mientras que el Este asiático salta del 8% al 20%. También en lo que hace a inversiones directas América Latina se ve menos solicitada que los Estados tigres de Asia, de manera que veinte años después del fracaso de la ISI, también la IOE está en un callejón sin salida.

¿Qué hacer? Se ofrecen tres alternativas. La primera, sacada del manual neoliberal: seguir así, sólo que todavía con mayor radicalismo de mercado, se trata de profundizar en la orientación exportadora, pero con una política de estabilidad aún más estricta. Es decir: más recortes todavía en la política social y educativa, en la lucha contra el paro, en la provisión de bienes públicos. Contra esa receta, que con tanto gusto prescriben el FMI y el Banco Mundial, no ha hecho sino crecer la protesta en la última década. En Brasil, en Argentina, en Uruguay, en Venezuela y en Bolivia han llegado al poder gobiernos con tendencia de izquierda. No quieren seguir con el “Consenso de Washington”, y rechazan también la marcha hacia el libre comercio ideada originariamente en los EEUU como Enterprise of the Ameritas-Initiative y luego conocida como Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Una segunda línea es la seguida por el presidente de México, Vicente Fox, de tendencia neoliberal. Ya antes de su toma de posesión en 2001 trató de combinar la apertura de mercados con una dotación de infraestructuras atractivas para los inversores extranjeros y con fuerza de trabajo barata. El Plan Puebla Panamá (PPP) es el proyecto de integrar el Sur de México y los vecinos centroamericanos mediante una serie de proyectos, matando así dos pájaros de un tiro: socavar el terreno de los zapatistas en Chiapas y preparar la América central, en donde vive el 17% de los latinoamericanos, para la llegada de los inversores extranjeros: con proyectos en el sector energético, con embalses y carreteras, con el acceso a las enormes riquezas de la biodiversidad de la región. Se trata de la promoción pública de la apropiación privada, pues la infraestructura así creada sirve menos al desarrollo de la región que al abaratamiento de la transferencia de sus recursos al mercado mundial , explotando de paso unas fuerzas de trabajo extremadamente“ventajosas en términos de costes”.

 

Del ALCA al ALBA Y hay una tercera respuesta ala crisis de la orientación exportadora: el ALBA. El presidente de Bolivia, Evo Morales, llama también al ALBA un „Tratado de Comercio de los Pueblos“ (TCP), para subrayar la diferencia con el ALCA.

El ALBA abarca todo un rimero de proyectos. Entre ellos, líneas de ferrocarriles y carreteras, una cooperación más intensa en materia de salud y educación, la reforma agraria, la protección de los recursos, la igualdad de genero, la promoción de la población indígena, el movimiento sindical, la defensa ante las catástrofes naturales. También los militares habrán de confluir. Pero sobre todo, ha aparecido una televisión (Telesur), con el propósito de romper el poder mediático de los canales de televisión estadounidenses.

Sin embargo, el proyecto más decisivo del ALBA es el de una red de oleoductos en el espacio geográfico del Caribe (Petrocaribe) y latinoamericano (Petrosur). Y lo más espectacular aquí es la construcción de una línea desde Venezuela hasta la Argentina de 7.000 kilómetros, con derivaciones hacia el nordeste brasileño y hacia el Perú.

Todavía es pronto para decir hasta qué punto este `proyecto del siglo se hará realidad o acabará siendo un castillo en el aire. Se plantea sobre todo la cuestión de si al final de la era de los combustibles fósiles puede fundarse sobre hidrocarburos el ALBA desde los pueblos. El petróleo y el gas venezolanos bastarían, según Hugo Chávez, para dar suministro energético a las economías latinoamericanas en los próximos 200 años (evidentemente, sólo si a los EEUU va a parar menos del actual 60% de su petróleo). Las reservas petrolíferas de Venezuela son, en efecto, enormes (cerca de 80 mil millones de barriles): añadidas al petróleo pesado y a las arenas bituminosas de la cuenca del Orinoco, el país dispone de más recursos que los 265 mil millones de barriles estimados para Arabia Saudí: 300 mil millones. Solo que la explotación del petróleo no convencional es más cara y podría llegar a consumir más energía que la que es capaz de producir.

Más importantes que los límites de las reservas de petróleo (peakoil), son las condiciones ecológicas y sociales de su extracción y transporte, sobre todo en regiones ecológicamente tan frágiles como las cuencas del Orinoco, el Amazonas y el Río de la Plata. Las experiencias con oleoductos en Ecuador y Bolivia no consienten esperar nada bueno. Ya las calas exploratorias amenazan gravemente espacios vitales, sobre todo de las poblaciones indígenas. Pero el ALBA prevé también la construcción de un “Centro de Investigación para Energías Alternativas en América Latina y el Caribe”, a fin de promover la eficiencia energética. Además, se ha pensado en medios de sostén a la „economía solidaria“ de las empresas cooperativas que han ido apareciendo por doquier (Empresur). Respetables intenciones, que podrían impedir la transformación de América Latina en un Oleoductistán. Si llegaran a materializarse.