(Francisco Rhon Dávila, ALOP).- El título, que hay que reconocer caricaturiza en parte la situación, viene de una popular canción colombiana de allá por los sesenta, más o menos contemporánea con la fundación del Acuerdo de Cartagena, que posteriormente se denominara Pacto Andino, y finalmente hasta su situación de coma profundo, estado vegetal o muerte, Comunidad Andina de Naciones – CAN.
Inhabilitada por muerte biológica, aunque el espíritu esté vivo, el caso es que, incluso antes de las recientes declaraciones, muy a su estilo, del Presidente Hugo Chávez de Venezuela, con mucha antelación al avance en firme de las negociaciones con los Estados Unidos hacia la firma de tratados bilaterales de Libre Comercio, la CAN mostraba signos de enfermedad terminal, visibles al inicio del milenio, cuando los acuerdos arancelarios para volverse de base cero, para favorecer al comercio intersubregional se estancaron.
Mucho de lo que explica su tortuosa vida corresponde al origen, las fuerzas y los intereses puestos en juego, en esta apuesta por un mercado más amplio, cerca de cien millones de consumidores – participantes, que propiciaría la transformación de economías fundadas en formas tradicionales hacia otras más modernas, desde este “estado mayor”; se trataba de aprovecharse de este espacio más amplio de reproducción de un “mercado interno” más extendido, del que finalmente los beneficiarios serían las naciones.
En su inicio, la CAN asume el modelo “cepalino” de industrialización, de substitución de importaciones para enfrentar, con posibilidades, las desventajas del poder hegemónico del centro sobre los países de la periferia, según los enunciados de Prebisch. En todo caso se trataba de un gran reto casa adentro, de cada país.
Crisis de la deuda
La llamada crisis de la deuda, a la que se sumarian las bajas de los precios de los principales productos con los que los países se articulan al mercado mundial, principalmente primarios (commodities), y la implementación, aunque no en una única vía, de las políticas de ajuste estructural, de iniciativa de la Banca Multilateral, pero firmemente apalancada por grupos de poder en los países, debilitaron las bases estructurales del modelo de desarrollo hacia adentro.
Todo proceso integracionista, sobre todo si ambiciona ir más allá de un mero intercambio mercantil, requiere de un país locomotora, en el sentido de que este tenga la capacidad instalada para jalar e propulsar al conjunto, particularmente a los más rezagados, y la voluntad política, el interés estratégico de ganar sumando a los otros. Alemania y Francia cumplieron esa función en la constitución de la Comunidad Europea. Colombia, después de la separación de Chile e incluso durante la permanencia de este país, pudo cumplir esa función; sin embargo, por causa del conflicto armado interno, de la caída de los precios internacionales del café, del narcotráfico, no sólo por las distorsiones macroeconómicas que este genera, sino sobre todo por la razón política que se crea, en tanto se presenta un forzamiento desde el exterior para centrar el debate, la acción política y cuantiosos recursos públicos, el país no pudo asumir este histórico cometido, tampoco se contó con un candidato, produciéndose un vacío de liderazgo real.
Actualmente el contexto es diferente: la globalización vigente, en la que las economías se organizan desde los monopolios mundializados y del capital financiero a escala planetaria. Así, si el Pacto Andino, hoy CAN, se originó para el crecimiento y desarrollo de la subregión, las pulsaciones y limitantes del entorno, traen nuevas y urgentes tareas, entre las necesidades de sobrevivir y las de crear horizontes de esperanza de futuro, sobre todo para frenar la exclusión que aparece como el signo de estos oscuros tiempos dominados por la razón de mercado.