(Sin permiso, traducción Leonor Març).- Vandana Shiva acaba de publicar Los bienes comunes de
Cuando arranca a hablar Vandana Shiva, sus palabras tienen el tono sereno de la argumentación. Mas cuando llega al núcleo de su reflexión, el timbre de voz se hace imperioso, como si, a tal punto segura de lo que está sosteniendo, tuviera que expresarlo enérgica y fogosamente. Diplomada en física cuántica y en economía, veterana investigadora, Vandana Shiva es de esos “científicos descalzos” que en cierto momento de su vida han dejado los laboratorios para estudiar los “efectos colaterales”, es decir, las consecuencias de sus investigaciones y descubrimientos. Para esta hindú nacida en un estado del norte de
Desde entonces, de hecho, ha abandonado la investigación científica para fundar en 1982, junto con otros investigadores, el Centro de Ciencia, Tecnología y Política de los Recursos Naturales. El primer resultado de su nueva actividad de estudiosa quedó condensado en el libro Sobrevivir al desarrollo. Desde entonces ha publicado muchos ensayos, todos extremadamente críticos con la “globalización neoliberal”. Entre ellos, vale la pena recordar los siguientes: Biodiversidad, biotecnologías y agricultura científica; también: Biopiratería. El saqueo de la naturaleza y de los saberes locales; así como: Vacas sagradas y vacas locas; también: El mundo bajo las patentes; y finalmente: Las guerras del agua.
De paso por Italia para dictar una conferencia –ha sido invitada por el foro de la campaña Sbilianciamoci y ha participado en el encuentro Torino Spiritualità—, hemos tenido oportunidad de hablar con Vandana Shiva sobre su último libro, Los bienes comunes de
P. En tu libro describes las relaciones entre este modelo de globalización económica y la difusión de terrorismos y fundamentalismos. ¿Podrías ilustrar esos vínculos?
R. Lo que trato de poner de relieve son los procesos que generan una cultura de “explotabilidad”, fundada en la capacidad de disponer de todo y de todos porque a todo y a todos se les asigna un precio. Esa condición, económica y cultural a un tiempo, altera la forma en que nos pensamos los unos a los otros y el modo en que nos relacionamos recíprocamente, y está en la raíz de un sinnúmero de conflictos. Favorece la afirmación de “identidades en negativo”, basadas en una actitud excluyente, de rechazo del otro.
Ese modelo de desarrollo, que niega derechos, margina y expropia está en la raíz del fundamentalismo y el terrorismo. Dispara un proceso que no está ínsito en cultura alguna, pero que se nutre de la creación de personas de “usar y tirar”. Por dar un ejemplo, el crecimiento de
P. Sostienes desde hace tiempo la necesidad de un control directo de los recursos y de los bienes comunes por medio de una “localización de la economía” y de una redefinición de las fronteras de la democracia. ¿Qué implicaciones políticas tiene esa concepción?
R. En relación con mi idea de democracia, el modelo neoliberal de globalización no es sino la dominación ejercida por instituciones supranacionales no democráticas, rehenes de unas pocas, poderosísimas, trasnacionales. La distancia es un factor aislante. Por eso la práctica de la localización, de poner en el centro los intereses y las legislaciones locales, reviste una importancia fundamental. La localización permite asegurar la justicia y la sostenibilidad. Eso no significa que toda decisión tenga que tomarse a nivel local, sino que debe ser discutida y aprobada también a nivel local: las mejores decisiones se toman allí donde su efecto puede ser más claramente percibido.
Es importante destacar que ese principio constituye un imperativo ecológico. Las crisis medioambientales que afligen a nuestro planeta derivan de un desconocimiento del papel desempeñado por los recursos naturales. Para resolver esas crisis es necesario que las comunidades locales recuperen el control de sus propios recursos, a fin de construir una economía sostenible. Reconquistar los bienes comunes trae, pues, consigo la necesidad de poder ejercer un control sobre la gestión estatal de los recursos, de las decisiones y de las políticas de desarrollo económico. Pero al propio tiempo es necesario volver a tomar posesión de los recursos privatizados por las transnacionales mediante los acuerdos de
P. En tu último libro denuncias la existencia de un genocidio en los daños sufridos por mujeres y pequeños agricultores...
R. En
Paralelamente, el desarrollo de la agricultura industrial fundado en tecnologías costosísimas, en el empleo masivo de fertilizantes y pesticidas químicos y en la imposición de las semillas genéticamente modificadas, causa la bancarrota de los pequeños agricultores, incapaces de sostener los costos y la concurrencia de esos métodos. Sólo en 2004, 16.000 campesinos se han quitado la vida en
P. La red campesina Navdanya, que has fundado y que coordinas, se propone como una alternativa para los pequeños campesinos hindúes amenazados por las transnacionales del sector agroalimentario. ¿Cómo son vuestras prácticas y qué objetivos os proponéis?
R. Navdanya significa «nuevas semillas», un nombre que evoca la riqueza de la diversidad y el deber de defenderla frente a la invasión de las biotecnologías y de los monocultivos de la agricultura industrial. Junto con las patentes que monopolizan los derechos de propiedad intelectual introducidos por
Para hacer frente a esta situación Navdanya, que cuenta ahora mismo con 300 mil agricultores afiliados, ha creado economías locales alternativas que controlan los procesos de producción y distribución de los alimentos y asesoran a los productores locales. Los campesinos de la red adoptan cultivos biológicos diferenciados que protegen la fertilidad de los terrenos y la biodiversidad, evitando el uso de fertilizantes químicos y de pesticidas. De este modo se mejora la productividad y el aporte nutritivo de las cosechas, llegando a recuperar hasta el 90% de los costes de producción. Las entradas son tres veces superiores a las de los agricultores que se sirven de productos químicos, no se generan subproductos tóxicos ni daños a la biodiversidad. Por lo demás, el sistema de comercio equitativo que regula la distribución de los productos protege de la inseguridad inherente a los mercados y de las especulaciones financieras. Cultivo orgánico y comercio equitativo, en cambio, ofrecen seguridad en el plano de las opciones alimentarias, de la salud y de la estabilidad. De manera que todos, agricultores, medio ambiente y consumidores, obtienen gran provecho.
P. Frente a una situación tan grave, ¿te arriesgarías a ofrecer una posible vía de salida?
R. Hace ahora cien años, en Sudáfrica, Gandhi rechazó la segregación racial afirmando el derecho de no obedecer a leyes injustas. La desobediencia civil implica la opción por la no-violencia y por la no-cooperación pacífica. Yo creo que también hoy ésta es la vía a seguir, comenzando por la resistencia al patentamiento de las semillas hindúes. En
P. En tus intervenciones no dejas de hacer hincapié, a través de ejemplos concretos, en la posibilidad de reapropiarse los bienes comunes. Ejemplos como el de la movilización contra
R. Un ejemplo que demuestra la posibilidad de victoria por parte del movimiento democrático global. La lucha comenzó en 2000 por parte de las mujeres del Plachimada, una pequeña aldea del Kerala, sede de un establecimiento de