Roberto Molina (PL).- Al emerger como única superpotencia en un mundo unipolar, Estados Unidos consideró llegado el momento de imponer su “nuevo orden” en el continente y avanzó en un proceso que desembocó en la I Cumbre de las Américas.

Principal beneficiario de los dividendos del fin de la Guerra Fría y poseedor de cierto carisma personal, el presidente William Clinton lanzó en enero de 1994 la propuesta de esa reunión continental al más alto nivel con un amplio temario que fue puntualizado en marzo.

Ese paso estuvo a cargo del vicepresidente Albert Gore, quien durante una visita a México anunció que la Cumbre sería en diciembre del ese año en Miami, en la pretensión de lanzar a esa ciudad de la Florida como Capital de América Latina, un viejo sueño imperial.

Los grandes asuntos para debatir, propuestos por el anfitrión y avalados en reuniones posteriores por el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), suenan agradable al oído:

.-Consolidación de la democracia, procedimientos efectivos y asuntos relacionados con la lucha contra el tráfico de drogas,

.-Crecimiento y prosperidad: crecimiento del comercio, beneficios mutuos, mejores condiciones de trabajo y protección del medio ambiente.

.-Asuntos sociales: pobreza, salud, educación y la creación de fuentes de trabajo.

El temario, evidentemente, resume en pocas palabras el fracaso de los empeños anteriores de Washington de ejercer su vieja tesis de "América para los americanos".

En efecto, en el primer intento de cumbre, en Panamá en junio de 1956, se acordó €œun esfuerzo cooperativo para promover la libertad humana y aumentar el nivel de vida€, de cuyo revés la mejor muestra es el lanzamiento en 1961 de la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy, en reunión de la OEA en Punta del Este.

Ese torrente de leche y miel dibujado coloridamente por Washington trató de apuntalarse tras seis años de nulidad en otro foro de 19 presidentes, también en Punta del Este.

Pero el resultado también es tristemente conocido: una estela de sangre, muerte y dolor ejecutada por una sarta de dictaduras militares apoyadas por la Casa Blanca, cuyas nefastas consecuencias persisten en muchos países.

La llamada vuelta a la democracia y el fin de la confrontación Este- Oeste llevaron los ojos de Estados Unidos al sur del Río Bravo con un lenguaje abarcador y neoliberal (la zanahoria), pero resumido en su intención de imponer la llamada Área de Libre Comercio de las Américas (el garrote).

En medio de una profusión de comisiones y grupos de trabajo creados como resultado del foro miamense- una burocracia infernal que sólo produce documentos-, se hace obvio que el único interés de Washington es el ALCA, pues entre la primera y la segunda cumbre (1998, Santiago de Chile) hubo cuatro reuniones ministeriales sólo para ese tema.

Como dueño de casa, Estados Unidos logró imponer su voluntad al impedir la participación de Cuba, como muestra inequívoca de su brutal política de bloqueo, vigente desde que una revolución popular derrocara la dictadura de Fulgencio Batista en 1959 y se iniciara en la isla un proyecto social ajeno a los dictados de Washington.

En aquel diciembre de 1994 se estableció que las negociaciones para el ALCA debían concluir en el 2005, pero el presidente George W. Bush llegará a la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata en noviembre para insistir en el tema cuando el nivel de reticencias y rechazos es más importante que en el momento de su presentación.

Similar destino han corrido desde entonces las promesas de los llamados dividendos del fin de la Guerra Fría formuladas en la Declaración de Principios y en el Plan de Acción de Miami para el continente, pues al sur de Estados Unidos crecieron sólo la desigualdad, la pobreza y la desprotección del hombre y su entorno.